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El Siglo de Torreón Martes 10 de abr 2018, actualizada 1:36am ... Anterior 1 de 1 Siguiente ...

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El color del cristal

A partir de la lectura de cientos de declaraciones hechas por los políticos en turno y candidatos a algún puesto de elección popular acerca de la realidad de México, los ciudadanos de a pie, podemos, sin mayor esfuerzo, apreciar la disparidad de ideas y el concepto que tienen de “su realidad”.

Hoy más que nunca la Ley Campoamor se hace presente en la percepción de la ciudadanía respecto del ambiente político y social. Me refiero a ese recurso retórico que generalmente usa el político en tiempos de elección con relativa frecuencia, y que consiste en hacer una interpretación interesada de un hecho o de una disposición legal o reglamentaria. Pareciera, en todo caso, una falsedad pronunciada con un propósito específico, y tal vez sea así en algunos casos; pero lo cierto es que, falsa o no su declaración, ésta es producto de su percepción, su apreciación y juicios de valor apoyados en su libre albedrío, en sus valores y principios apegados a una ética y una moral muy personalísimas, que muchas veces, no es coincidente ni con la realidad tangible, ni con la percepción que de ella tiene la mayor parte de la sociedad.

La famosa frase poética de Campoamor alude al relativismo y al subjetivismo y supone la nulidad de valores morales de parte de quienes detentan el poder, y la permanente desconfianza de quienes carecen de él, en un mundo cuya constante es el cambio; sin embargo, no debe sorprendernos que los valores éticos y morales; igual que los principios ideológicos, culturales, económicos, religiosos, políticos, sociales, y estéticos varíen de persona a persona y su relevancia vaya acorde al tiempo y circunstancia de quienes los poseen y practican; el problema es la ausencia de valores que nos humanizan, en cuanto que su eje rector debería ser la recta conciencia con la consecuente procuración del bienestar común.

La mutabilidad de los valores en lo contrario de su esencia, es un fenómeno causa-efecto que aparece en las sociedades en decadencia, producto de la pasividad, la abulia, la negligencia de una sociedad tolerante en extremo, que experimenta un morboso placer, que de ser una relación sexual sería masoquista, o en otro sentido, un sentimiento de apego a su verdugo, lo que podría ser llamado también síndrome de Estocolmo, en cuanto que hay, si no agradecimiento, sí un patológico afecto de la víctima a su victimario. Dicho esquema se da en la relación gobernante-gobernado, en la que el servidor público abusa de su puesto, propone y dispone de leyes y reglamentos en su personal beneficio y en perjuicio de la sociedad, que si bien, no es condescendiente, tampoco se muestra exigente de sus derechos.

No se podría afirmar con certeza que todos los políticos mienten con alevosía, porque siempre cabe la posibilidad que emitan declaraciones y juicios de valor en torno de una realidad que es muy diferente a la nuestra; esto viene al caso por el triste papel desempeñado por Carlos Marín en la entrevista a López Obrador, en Milenio televisión, en el que su visceral temperamento se hizo presente con interrupciones a gritos, impropios de un comunicador, cuyo rol en ese momento era de moderador, afirmando que “el sistema de salud en México es envidiable”. No lo culpo, él vive en su mundo, su México muy diferente al nuestro; pero mostró su parcialidad prianista e impulsiva ante la tranquilidad de AMLO.

Ramón de Campoamor (poeta) tenía razón. “En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” Finalmente, tal parece que la ecuanimidad y la sabiduría pudieron más que la erudición, expresada con impaciente fogosidad e indignación.

Héctor García Pérez

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