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viernes 10 de agosto 2018, actualizada 10:08 pm


El misterio de la vida humana

Vivimos unos tiempos en que lo que priva es lo inmediato, lo que estimula gratamente a la sensualidad y las concupiscencias del cuerpo humano; fascinados por el progreso de las ciencias y tecnologías que auspician un mundo lleno de promesas, dispuestos a aceptarlo todo, porque prometen mucho, sin pararnos a valorarlas.

Tenemos tantas cosas que distraen nuestra atención: móviles, ordenadores, televisión, noticias políticas, deportes, gastronomía, etc. que hace difícil encontrar el sosiego y el reposo necesarios para encontrarnos a nosotros mismos, y juzgar si todo eso nos da paz, o nos amarga la conciencia.

Tenemos alma, y cuerpo, inseparables, hasta el punto de que, o nos salvamos juntos o nos condenamos juntos. Por lo que, la caída de uno provocará, inevitablemente, la del otro.

No todo lo que parece bueno lo es realmente, incluso puede dañarnos gravemente, de ahí que, la prudencia invite a corregir el rumbo, ante cualquier desvió que nos aparte del camino.

La vida humana es “un misterio” que nos trasciende, porque, como espirituales, somos inmortales. Si aceptamos que no somos independientes, sino que la debemos a un Ser superior a quien llamamos Dios, si queremos ir desvelándolo,lo lógico será acudir a la Tradición, y como cristianos, a la Revelación del mismo Dios, que, por la Redención de su Hijo Jesucristo, nos ha enseñado todo lo que,a nuestra limitada capacidad humana, le conviene saber. La Iglesia Católica sigue siendo la gran educadora de la Humanidad.

Por tanto, si meditamos con humildad el Evangelio, que es Verdad divina, además de mostrarnos el buen camino, lo recorreremos eficazmente con la gracia de Dios, para vencer las batallas contra las insidias del enemigo común, el demonio. Ya lo decía el filósofo Sócrates, hace casi, 4 siglos antes de Cristo: “El conocimiento es virtud, y solo el que sabe, puede hacer el bien”.

Los ignorantes, y los que desprecian los conocimientos adquiridos, a veces, no solo con esfuerzo, sino con sangre, son como ciegos, sin guía, para peregrinar por esta vida terrena tan llena de obstáculos, hacia la otra. Que es eterna.

Hay quienes creen que todo termina en la nada, incluso sabios del mundo, que ignoran la verdadera sabiduría, que se basa en la Verdad de Dios, con la que quiere que transitemos en esta vida terrena, para que alcancemos la eterna. La que nos tiene destinada.

La materia no desaparece, se transforma, se desintegra, permanece, aunque sea como polvo, o humo, pero, integrada en la naturaleza. La nada no existe, no tiene sentido.

Antonio de Pedro Marquina

Zaragoza, España

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