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Gómez Palacio y Lerdo

Un Nuevo Orden Constitucional

ENFOQUE

RAÚL MUÑOZ DE LEÓN
domingo 19 de mayo 2019, actualizada 11:27 am


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Abordamos en este Enfoque un tema sobre el que se debate en nuestro país en los últimos meses: la viabilidad de la vigente Constitución Política o la posibilidad pertinente de una nueva. La estructura del poder, las organizaciones y partidos políticos, las instituciones académicas, los medios de comunicación, los intelectuales, las asociaciones no gubernamentales; en el foro, en la cátedra, en la judicatura, el tema es recurrente y motivo de debate.

La proyectada Cuarta Transformación del régimen lopezobradorista, obliga a plantear la cuestión, considerarla y discutirla, pues implica un nuevo orden jurídico y constitucional. El constitucionalismo es el soporte jurídico de la democracia, porque juega el doble papel de instrumento de moderación y dispositivo de eficacia.

Analizar el proyecto de constitucionalidad implica reconocer las trampas del autoritarismo y caminar por los extravíos del liberalismo. Aclaremos desde ahora que la relación entre democracia y constitucionalidad es compleja; pudiera decirse que en su origen Democracia y Constitución son rivales, porque mientras la primera pretende elevar al pueblo al trono de la soberanía, la segunda busca someter el poder al imperio de la ley.

Por ello, dice Jesús Silva Herzog Márquez, en su interesante Ensayo "La Constitución como Proyecto": "El democratismo antiliberal ha visto siempre con desconfianza los dispositivos constitucionales. El escepticismo liberal se enfrenta a la fe de los demócratas en la soberanía popular. En todo poder, advierte, anida el huevo del despotismo. Pero lo que tiene importancia es que, independientemente de quien se siente en la silla del poder, instaurar los mecanismos institucionales que impidan que quien se suba al trono se desboque. El constitucionalismo permite así superar la mitología democrática. Al romper el mito, funda otra democracia; la Constitución permite que la democracia conduzca sus energías y reconozca sus límites".

¿Cuál ha sido el camino de México para mantener el ideal del imperio constitucionalista? El recorrido no ha sido, desde luego, de avance en línea recta, sino un camino enredado, sinuoso, saturado de distracciones, retrocesos, tropiezos y no pocos adelantos. Puede afirmarse válidamente que el proyecto constitucional se ha sostenido históricamente a pesar de sus críticos. Destacan dos dardos críticos: el primero es una lanza que surge desde las tierras del liberalismo; se trata de la crítica a un orden político que brinca impunemente los muros de la constitucionalidad. Este juicio analiza el ejercicio del poder y lo contrasta con los imperativos de la ley.

El segundo dardo se trata de una crítica al orden constitucional por considerar que ignora ilusamente las duras interpelaciones de la realidad. El juicio analiza el contenido de la norma y lo contrasta con la materialidad del mundo político que la Constitución no abraza. Los dos disparos buscan el blanco del régimen constitucional, pero, al ignorarlo, fallan. La norma fundamental debe ligar dos objetivos en tensión: la sujeción del poder a la ley y la afirmación de la energía del poder.

El siglo XX amanece con el crepúsculo del porfirismo. En las postrimerías de la dictadura se detecta una fuente del debate que hoy se replantea. La crítica al porfirismo se presenta en una multitud de manifiestos, publicaciones y programas de principios de siglo en los que se pedía el restablecimiento de la legalidad. En 1901, el periódico magonista Regeneración publicaba las resoluciones del Congreso liberal, en las que exigía el respeto y exacta observancia de las leyes. La dictadura, según el diagnóstico liberal había aniquilado la Constitución.

Igual Madero en La Sucesión Presidencial de 1910, dice: "El régimen ha hollado la Constitución; el régimen cultiva la mentira constitucional: aparenta respeto, adopta sus trajes, se cubren los trámites. La impostura constitucional de la dictadura todo lo falsea y lo cubre de hipocresía. La democracia está en los trazos de la Constitución: restituir al Congreso su dignidad, volver a los estados su soberanía, liberar a la prensa de la amenaza y el soborno, dar a los municipios su libertad de afirmar las prerrogativas de sus ciudadanos. Asentar el orden democrático es, en consecuencia, reconciliarse con la Constitución".

Desde el poder, las cosas adquieren otro color. Justo Sierra y Emilio Rabasa, entre otros, critican las nociones establecidas por la primera generación de liberales. Dice Justo Sierra: "El progreso no se fabrica mediante códigos políticos, sino mediante un trabajo lento y constante. Las reglas de la Constitución del 57, flotan en la superficie de las sociedades como las plantas acuáticas sobre las corrientes, sin tocar con sus raíces el fondo. La ley encadena al poder pero la realidad impone el deber de la fuerza".

Emilio Rabasa desarrolla esa crítica en sus obras históricas, especialmente en La Constitución y la dictadura. Dice: "La dictadura no nació del capricho del dictador, sino de la ingenuidad de los legisladores. Lo que sugiere Rabasa como proyecto político es que el final de la dictadura ofrece el escenario para terminar con las ilusiones y asentar, por fin, el régimen constitucional sobe bases sabias y prudentes. Afirmar el orden constitucional es, en consecuencia, reconciliarse con la realidad".

Desde su inicio, el torbellino revolucionario tiene varios ejes constitucionales. Cuando la revolución adquiere singularidad, cuando se separa de las revueltas y las rebeliones, la revolución mexicana se presenta como el espejo de la nación. El porfirismo era una máscara que arrancaron los revolucionarios; "la revelación de nuestro ser", llegó a llamarla Octavio Paz. La Constitución de Querétaro es vista no sólo por sus autores, sino por los herederos del poder, como el documento jurídico que sintetiza historia y destino de México.

Ninguna Constitución mexicana ha expresado la conciliación. Cada una de nuestras Cartas ha sido el manifiesto de los vencedores, la exclusión de un trozo de México de la sala estatal. En la de Querétaro, sus redactores fueron los representantes de un grupo político que no estaba dispuesto a transigir con sus enemigos.

La Constitución, declaran los oficialistas, es el comprimido de las luchas históricas, el agregado de las conquistas sociales, la suma de los factores reales del poder, el resumen de nuestro proyecto nacional, las decisiones esenciales del pueblo. Al lado de este constitucionalismo oficial, es importante hablar de la experiencia, del trato entre poder y regla. Si la Constitución es, ante todo, un mecanismo que coordina los controles al poder, puede decirse que durante el imperio del partido hegemónico, éstos han estado en reposo, en hibernación.

Aquí es válido cuestionar donde está el proyecto constitucional en estos momentos, en que se supone hay un robustecimiento democrático, al advenir el nuevo gobierno que emerge de una corriente política contraria y contradictoria al del viejo sistema hegemónico. ¿Despertará de la siesta constitucional? Es de esperar que los controles empiecen a activarse, que el Congreso se levante como barrera efectiva al poder presidencial, que la judicatura adquiera un protagonismo desconocido, que funcione el sistema de balanzas y contrapesos, que el federalismo cobre una vitalidad extraordinaria; y que todo esto quede plasmado en un nuevo orden constitucional.

Es una aspiración legítima y viable, aunque el ejecutivo y el legislativo naveguen en la misma corriente política, y ejerzan un indeseable control sobre el judicial. El asunto debe verse con ponderación, con menos sentido épico. Lo importante es el acuerdo político entre los actores que produzca un marco constitucional más claro y más firme; un marco constitucional en el que pueda asentarse una democracia perdurable. Veremos qué pasa.

r_munozdeleon@yahoo.com.mx
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