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Descubre... La Selva Lacandona

PRIMERA PARTE
AGENCIASAGENCIAS, jueves 08 de agosto 2019, actualizada 4:32 am

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PRIMERA PARTE

¿Te atreverías a desconectarte de tu celular durante varios días para internarte en la naturaleza y convivir con comunidades mayas de Chiapas?

Dormir en medio de la espectacular selva, emocionarse al sortear los rápidos de un río y liberar adrenalina al máximo para luego relajarse en una hamaca a la orilla de un río, son sólo algunas de las experiencias que Chiapas te da, además de convivir con los habitantes de las comunidades mayas.

Ellos, los lacandones, son los anfitriones... Como un primer acercamiento al mundo maya y su cosmovisión, hay que iniciar el viaje en uno de los sitios arqueológicos más importantes, no solamente de Chiapas, sino de todo México: Bonampak.

Aunque no tiene las grandes construcciones que sí puedes encontrar en otros sitios similares - como Yaxchilán o Palenque -, vale la pena apreciar sus murales, uno de los vestigios del arte prehispánico más destacados.

Los famosos murales de Bonampak son una serie de pinturas que decoran los muros y los techos de tres cuartos ubicados en uno de los templos de la zona arqueológica, la Estructura I. Sorprenden por el extraordinario estado de conservación de los colores y las escenas que representan. Los murales registran la batalla ganada por el gobernante Chan Muwan II con el apoyo militar de sus vecinos de Yaxchilán, sacrificios humanos, personajes con atuendos fastuosos, entre otros sucesos más.

En Bonampak, también hay dinteles en piedra, estelas y monumentos labrados de gran valor en los que se conservan inscripciones de los años 300 a 900 d.C., los cuales pueden ser explicados por guías lacandones. Ahora sí, estamos listos para saber cómo es vivir unos días en la selva Lacandona.

TRADICIÓN Y AVENTURA

A 45 minutos de Bonampak, a dos del Pueblo Mágico de Palenque y su zona arqueológica y a cuatro horas de Villahermosa (la mejor opción para llegar en avión a esta región) Lacanjá Chansayab, en el municipio de Ocosingo, es una comunidad lacandona asentada en las inmediaciones de la Reserva de la Biósfera Montes Azules, donde hay cascadas y ríos que son celosamente resguardados por los habitantes de esta zona de clima cálido y húmedo durante gran parte del año.

Aquí encontrarás el Campamento Ecoturístico Top Che, un lugar atendido por una familia lacandona formada por Enrique Chankin, su esposa Lola (con quien lleva 50 años de casado) y sus siete hijos.

En el campamento hay cómodas cabañas - dobles o sencillas - con electricidad, ventilador y baño.

En la cabaña principal, que es un área común, hay Wi-Fi para que te conectes unos minutos al mundo. Aquí también te sirven la comida casera preparada por esta familia, como las increíbles quesadillas con tortillas hechas a mano o un pollo con calabazas de la región y aguas de fruta para refrescarte, mientras decides qué actividad realizarás al siguiente día: senderismo o visitar un sitio arqueológico.

La actividad preferida de quienes llegan a este lugar es el rafting, dirigido por guías certificados, como Jorge Chankin, uno de los miembros de la familia que se ha preparado durante mucho tiempo, y que además, conoce el lugar como la palma de su mano, por lo que realizar el recorrido con él será un placer.

El descenso por el río Lacanjá empieza temprano. Hay que desayunar a las siete de la mañana, hidratarse bien y prepararse con ropa y calzado que se puedan mojar, dejar cualquier dispositivo electrónico que no sea resistente al agua y colocarse el equipo indispensable para la actividad: casco, chaleco salvavidas, y por supuesto, un remo. No es necesario que lleves toallas o ropa para cambiarte, recuerda que estás en modo naturaleza.

Jorge y los demás guías dan instrucciones antes de subir a las balsas y disfrutar de la corriente del río cristalino y los verdes paisajes que lo enmarcan; eso sí, siempre concentrados para remar en equipo y sortear las cascadas que se forman entre las rocas. La corriente dependerá de qué tanto haya llovido en la época del año que se esté viviendo.

En algunos puntos, todos deben descender de las embarcaciones para echarse un clavado de unos tres metros y continuar el trayecto, lo cual hace que la actividad sea todavía más divertida y emocionante.

Casi al final se detienen un momento en un arroyo en el que se puede nadar en aguas más frescas y que sirve para tomar un pequeño descanso después de todas la emociones que se sintieron durante el recorrido.

Se han cumplido más de dos horas y se llega al término de la actividad, por lo que hay que descender del bote y ayudar a sacarlo del agua. Mientras tanto, Jorge prepara un ligero almuerzo de fruta, queso y galletas, para después, trepar ágilmente por un árbol y llamar por radio al vehículo que llevará a todos de vuelta al campamento, por supuesto, tras caminar varios metros entre la selva con el fin de llegar al punto de encuentro. Lleva repelente para no ser el banquete de los mosquitos.

Después de un baño y ponerte ropa seca, la comida estará servida (también algo casero, como una milanesa o pollo asado) y podrás conversar con tus anfitriones sobre lo que viviste. Seguramente, te contarán anécdotas interesantes del lugar y de sus experiencias de vida. Por la tarde, puedes disfrutar del río, recostarte en una hamaca o simplemente vivir la paz de este lugar alejado del bullicio citadino y de la señal del celular.

NATURALEZA Y PURIFICACIÓN

A tres horas de Top Che y Bonampak, se localiza un sitio similar: el Campamento Ecoturístico Nahá, operado por un grupo de la etnia maya-lacandón.

Aquí también hay cabañas para pasar un par de noches relajadas, pero están más equipadas, con servicios como aire acondicionado y mayores acabados. Son de diversos tipos, dependiendo del plan de la visita y de la cantidad de personas (cinco como máximo).

Lo que sí es igual es que tampoco hay señal de celular; el internet solamente está disponible en el área de recepción.

Nahá, de más de ocho mil 600 kilómetros cuadrados de selva, es un área natural de protección de flora y fauna desde 1988. En ésta, viven especies amenazadas o en peligro de extinción, como el águila arpía y el jaguar.

Una de las actividades que se pueden realizar es la visita a las lagunas, la cual comienza con un recorrido de unos 20 minutos por un sendero en el que un guía lacandón muestra y explica la riqueza de la flora del lugar antes de llegar al lago Nahá, un espectacular cuerpo de agua azul turquesa que puede admirarse desde una torre de observación mientras los anfitriones preparan el cayuco para el paseo. El cayuco es una canoa de una sola pieza con el fondo plano que se impulsa con remos y que tradicionalmente es de madera, pero para fines turísticos, es de fibra de vidrio.

El recorrido en la embarcación dura apenas unos minutos, pero son suficientes para admirar el paisaje rodeado de selva en el que solamente se escucha el sonido que genera el remo al chocar con el agua.

Al llegar al otro lado, hay que desembarcar y caminar unos metros por un empinado sendero que lleva a la Laguna Amarilla, otro cuerpo de agua cuyo color mostaza se debe al tipo de tierra y profundidad que tiene. En ésta, no se puede nadar ni navegar (entre otras cosas, porque hay cocodrilos), pero sí puedes rodearla por un camino abierto en medio de la vegetación. La actividad requiere de un poco de esfuerzo físico que seguramente te hará sudar, pero de acuerdo con el guía, también te sirve para purificarte un poco, especialmente si vienes de una gran ciudad. Son menos de dos kilómetros, aunque debes saber que se siente como si fueran más.

El recorrido de regreso es por el mismo camino por el que llegamos. Al final, podrás comer en la comunidad de Nahá, en donde recobrarás fuerzas después de las tres horas que duró la excursión, al degustar un pescado o una carne y agua de piña.

Por la tarde, hay que visitar a don Antonio Martínez Chankin, un líder espiritual lacandón que preserva los tradicionales rituales para curar a las personas. Dice que tiene 100 años, aunque las marcas de su rostro y agilidad parecen indicar que, al menos, es un par de décadas más joven.

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