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EDITORIAL

Mirador


sábado 28 de marzo 2020, actualizada 8:38 am


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Mi jardín no sabe que hay coronavirus, y sus flores ignoran que deben guardar entre ellas una sana distancia.

La primavera entró con madre. Y con padre, y con hijos y hermanos, y con toda la parentela. Estallaron al mismo tiempo las rosas y los geranios; las margaritas se apiñan como muchachas en el recreo del colegio; los alcatraces abren sus copas para beberse el día, y el jazmín de Araba espera la caída de la tarde para esparcir su aroma de Las Mil y una Noches.

Desde aquí estoy mirando la pequeña estatua de San Francisco de Asís. Junto al muro del fondo abre los brazos en un gesto de amor, y en uno de sus brazos un par de pajarillos lo hacen. El jardín y la estatua, entonces, me hablan de la vida. Me dicen que la vida seguirá por encima de todas las epidemias y los virus.

Aunque en nuestro interior haya un invierno de temor y alarma la primavera ha irrumpido, triunfante siempre, siempre vencedora. Procuremos que entre también a nosotros convertida en esperanza. Abramos los brazos hoy, igual que San Panchito. Con ellos abrazaremos pronto a aquéllos a quienes amamos y que nos dan su amor. ¡Hasta mañana!...

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